A la mañana siguiente, el amanecer se filtró por los altos ventanales de la habitación como una promesa que nadie había pronunciado en voz alta. La luz pálida se deslizaba sobre los muros de piedra, acariciando símbolos antiguos tallados en ellos: lunas, garras, juramentos de sangre que alguna vez significaron pertenencia. Ahora solo eran recuerdos grabados en un lugar que nunca sintió como hogar.
Mahina despertó lentamente, con esa calma inquietante que precede a las tormentas. No fue el canto