Mahina fue empujada sin miramientos al interior del calabozo. Sus pies tropezaron con el suelo de piedra húmeda y, antes de que pudiera enderezarse, la pesada puerta metálica se cerró tras ella con un estruendo seco, definitivo. El sonido del cerrojo resonó en la bóveda como un veredicto.
Durante unos segundos permaneció de pie, observando aquella puerta enorme, fría, impenetrable.
La antorcha del pasillo proyectaba sombras irregulares a través de las rejas, sombras que parecían moverse como bes