Todos miraban incrédulos.
Durante varios segundos, el gran salón permaneció sumido en un silencio extraño, denso, casi irreal.
Las antorchas de las paredes crepitaban suavemente, proyectando sombras inquietas sobre los rostros de los hibrimorfos y lobos reunidos. Nadie se movía. Nadie hablaba. Era como si el tiempo se hubiese detenido en el instante exacto en que aquella figura femenina dio un paso al frente.
Y entonces, las risas comenzaron.
Primero fueron unas pocas, nerviosas, contenidas.
Lue