La sacerdotisa alzó la corona con solemnidad, sosteniéndola entre sus manos como si cargara un fragmento vivo de la historia. El metal antiguo brilló bajo la luz temblorosa de las antorchas, reflejando destellos dorados sobre los muros de piedra. Cada grabado en la corona narraba guerras, pactos, traiciones y renacimientos.
Con un gesto lento y reverente, la colocó sobre la cabeza de la reina Alfa hibrimorfa.
En el instante exacto en que la corona tocó su cabello, Mahina sintió el peso real del