Dyamon salió de ahí sin mirar atrás.
El eco de sus pasos se perdió en los corredores de piedra del palacio, pero la tensión que había quedado suspendida en el aire no se disipó. Por el contrario, parecía haberse incrustado en las paredes, como un presagio que se negaba a desaparecer. Dyamon no sentía culpa; hacía tiempo que ese sentimiento se había vuelto ajeno para él. Sin embargo, algo en su pecho latía con una inquietud distinta, un presentimiento oscuro que no lograba sacudirse del todo.
En