Llamaron a la puerta.
El sonido fue seco, autoritario, impropio de esa hora. No fue un llamado educado ni casual: fue una orden disfrazada de cortesía. Mahina sintió cómo el pulso se le disparaba en el pecho, violento, descontrolado. El aire de la habitación pareció espesarse de golpe, como si cada respiración costara el doble. Algo iba mal. Muy mal.
Dyamon, aún cerca de ella, tensó el cuerpo al instante. Sus sentidos, más antiguos y afilados que los de cualquier lobo, reaccionaron antes que la