Rhissa cayó de rodillas con un golpe seco, el sonido resonó en la sala de audiencias como una sentencia. Sus manos temblaban al apoyarse en el suelo de piedra fría, y cuando alzó la vista, sus ojos estaban llenos de súplica, no de dignidad. Frente a ella, Mahina permanecía erguida, envuelta en su aura de Luna, distante, implacable.
—Luna… —la voz de Rhissa se quebró— se lo suplico… por favor, perdone a mi hermana.
El murmullo recorrió a los presentes. Aquella no era una petición menor. Implorar