Quince años después
—¡Alfa Carter, por favor…! —la voz de Mahina se quebraba mientras el viento la azotaba sin piedad, arrancándole el aliento y mezclando sus lágrimas con la lluvia—. ¡Somos hermanos!
El acantilado se alzaba como una herida abierta en la tierra, una grieta infinita que rugía bajo sus pies.
Cada ola que se estrellaba contra las rocas parecía un recordatorio de la fuerza implacable de la naturaleza, un eco que reclamaba sangre y que le hacía sentir la pequeñez de su existencia. E