Mahina temblaba de pies a cabeza. El aire en la habitación se había vuelto denso, pesado, como si la noche misma contuviera la respiración. Dio un paso atrás, luego otro. Su instinto gritaba que huyera, que saliera corriendo antes de que fuera demasiado tarde.
Estaba a punto de girarse y escapar cuando el jaguar abrió los ojos.
Dos brasas rojas brillaron en la penumbra.
El corazón de Mahina casi se detuvo.
—No… —susurró, con la garganta seca.
El miedo le atravesó el cuerpo como una descarga eléc