Riven llevaba a Armyn entre sus brazos cuando sus fuerzas comenzaron a flaquear. Cada paso era un golpe seco contra la tierra, cada respiración un esfuerzo ardiente que le raspaba los pulmones. El olor a sangre, metal y miedo se mezclaba en el aire, espeso, casi insoportable. No podían seguir así. Si se detenían, morirían.
Con un gruñido ahogado, Riven frenó de golpe. El mundo parecía girar a su alrededor, pero no dudó. Con una mano sostuvo a Armyn; con la otra, arrancó una espada del cuerpo ine