Cuando el hechizo de congelamiento finalmente se quebró, lo hizo como un cristal sometido a demasiada presión. El aire vibró, pesado, y los hibrimorfos petrificados comenzaron a moverse de nuevo, uno a uno, como si despertaran de una pesadilla compartida.
Olev fue el primero en gritar.
Su cuerpo cayó al suelo entre convulsiones, los músculos tensos, la respiración descontrolada. Los guardias se apresuraron a sujetarlo, no por compasión, sino por miedo. Aun derrotado, Olev seguía siendo peligroso