—Vístase, futura Luna.
La voz fue seca, cortante, desprovista de cualquier rastro de respeto. No había reverencia, no había suavidad ni ceremonioso cuidado; solo una orden fría, un mandato disfrazado de ritual.
Armyn bajó la mirada hacia el vestido que sostenían frente a ella. La tela era blanca, tan blanca que parecía casi insolente bajo la luz del salón.
Estaba bordada con símbolos hibrimorfos, intrincados y extraños, que le provocaban un hormigueo desagradable en la piel, una náusea que subía