Riven quería besarla. Lo deseaba con una fuerza que lo consumía desde dentro, pero cuando se acercó, cuando el calor de su aliento rozó los labios de Armyn, ella lo empujó con furia.
—¡No te atrevas! —gritó ella, los ojos encendidos, el pecho agitado—. No te atrevas a tocarme, Riven.
Él la sostuvo del brazo con rudeza, con esa autoridad fría que usaba para ocultar el deseo.
—No te irás de aquí, Armyn —dijo, su voz grave y amenazante—. Serás mi esclava. Pagarás lo que me debes.
Aquella palabra —e