Armyn sintió un escalofrío recorrerle el alma.
El miedo se arrastró por su pecho como una garra invisible, pero se obligó a contenerlo.
No iba a permitir que Phoebe, ni nadie de esa manada, la hiciera temblar otra vez. No está vez.
Había soportado el rechazo, la humillación, el exilio. Había aprendido a sobrevivir sola, con su cachorro entre los brazos y el corazón hecho trizas.
Enderezó la espalda, respiró hondo y comenzó a reír.
No una risa alegre, sino una carcajada rota, desafiante, la de un