Riven apenas había dado un paso para ir tras ella cuando un ruido sordo retumbó en el pasillo. Giró de golpe. Tena estaba tirada en el suelo, inmóvil, como un muñeco roto.
—¡Tena! —exclamó, corriendo hacia ella.
Se arrodilló a su lado y tocó su cuello. Su respiración era débil, irregular. Riven dudó apenas un instante; una parte de él quería ignorarla y salir disparado detrás de Armyn. Pero la responsabilidad de Alfa pesaba sobre sus hombros, ahogando su instinto más primario.
Cargó a Tena entre