El amanecer apenas despuntaba cuando un rayo tímido de luz atravesó la ventana y se posó sobre el rostro de Armyn.
La joven loba pestañeó lentamente, sintiéndose pesada, adolorida… y con un calor residual que aún vibraba bajo su piel.
Giró la cabeza y allí estaba él: Riven, profundamente dormido, respirando con una tranquilidad que contrastaba por completo con el caos que la noche anterior había dejado en su corazón.
Armyn frunció el ceño.
—Riven… —susurró con amargura—. Te odio. Me hiciste caer