Armyn avanzaba con paso firme, aun cuando cada músculo de su cuerpo gritaba cansancio. Se había transformado en loba para proteger mejor a su pequeño, que viajaba sobre su lomo como si fuera parte de ella misma. El niño, de apenas unos años, rodeaba con sus brazos el cuello de la enorme loba Astrea, aferrándose a su pelaje oscuro que brillaba bajo la luz del amanecer.
—Astrea, loba… te amo mucho —susurró el niño, acomodando su mejilla en la nuca de su madre.
La loba dejó escapar un aullido lleno