Armyn se giró lentamente para mirarlo, con los ojos encendidos por la furia y el miedo.
—¡Tú no mereces ser nada de mi cachorro, aléjate de los dos! —escupió cada palabra como si fueran flechas disparadas desde lo más profundo de su pecho.
Riven dio un paso hacia ella, como si necesitara entender, como si aún albergara la mínima esperanza de que ella dudara de lo que acababa de decir.
Pero Armyn no retrocedió ni un milímetro. Se mantuvo firme, protegiendo la entrada de la fortaleza como una loba