Armyn sintió un frío que le atravesó hasta los huesos; no era solo el viento mañanero del palacio, era un terror profundo que le estrujaba el pecho.
Todo en su cuerpo se tensó como cuerda de arco.
Su loba interior se agitó con igual fuerza, olfateó el aire y de inmediato percibió una mezcla de olores conocidos y amenaza: el perfume seco de la sangre reciente, el sudor de la batalla, y, por debajo de todo, ese rastro inconfundible que la hizo estremecerse.
—¿Riven? —musitó, en parte pidiendo conf