Riven dio un paso hacia ella con esa determinación feroz que solo un Alfa en pleno celo podía mostrar. Armyn sintió cómo el aire a su alrededor cambiaba, volviéndose espeso, impregnado de ese olor salvaje que la hacía perder el control. Intentó resistirlo, intentó ser fuerte, pero era inútil.
La atracción era como un imán irresistible que la llamaba a él, y su cuerpo respondía de maneras que no podía ignorar.
—¡Riven! ¡Aléjate! —exclamó, empujándolo con toda la fuerza que su loba le permitía. Él