Tena se marchó con el rostro endurecido por los celos, y el silencio se apoderó de la habitación.
Armyn se quedó sola, observando el uniforme de sirvienta que Riven había dejado sobre la silla.
Lo miró con desprecio y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—¿De verdad crees que voy a usar esto? —susurró para sí, dejando escapar una risa baja.
Decidió no ponérselo.
En cambio, se dirigió hacia su antigua habitación, esa que había jurado no volver a pisar jamás.
Antes de salir, miró a su hijo dormido