Armyn avanzaba al frente de su ejército con los colmillos apretados y la sangre hirviendo. No sentía el cansancio, no sentía el peso del liderazgo ni el miedo que debía acompañar a una reina alfa cuando marchaba hacia lo desconocido. Solo sentía rabia. Una rabia cruda, salvaje, que le ardía en el pecho como fuego vivo.
Su único pensamiento era su hijo.
Su ejército se movía como una marea oscura tras ella, lobos de guerra con los músculos tensos, los ojos encendidos y las garras listas para desga