El penthouse estaba en silencio cuando Joaquín dejó el teléfono sobre la mesa. La pantalla agrietada reflejaba la luz tenue de la lámpara, y sus dedos aún temblaban por la rabia contenida. La voz de su padre seguía resonando en su cabeza como un eco venenoso, y las palabras de su madre, llenas de miedo y sumisión, le partían el alma en dos. El silencio del penthouse era pesado, cargado de la tensión que aún vibraba en el aire después de la llamada. Joaquín sentía que las paredes se cerraban a s