El hospital estaba en silencio cuando Joaquín entró a la habitación de su abuelo. La luz de la tarde entraba por la ventana, iluminando el rostro del anciano, que estaba sentado en la cama, con una expresión seria y pensativa. Las sábanas blancas estaban arrugadas alrededor de su cintura, y sus manos descansaban sobre el regazo, delgadas pero firmes, como las de un hombre que aún tenía mucho que dar a pesar de los años y las adversidades. Joaquín cerró la puerta detrás de él y se acercó, sintie