18.
— Tendrá que pasar por encima de mi cadáver el que quiera la cabeza de mi hija — repitió Bastián.
Pude notar cómo todos se tensaron al momento, cómo la atmósfera se hizo tan espesa que, casi literalmente, los copos de nieve se detuvieron en el aire. Todos guardamos silencio. Entonces mi madre — o la que alguna vez creí que era mi madre — levantó su afilado dedo hacia mí, señalándome.
— Quiero que traigan su cabeza — ordenó con un tono de voz firme que no daba espacio a la negativa.
Y entonces