19.
Tal vez era un instinto, supongo, lo que me llevó a agacharme y tomar una rama que tenía cercana. Pero era una idiota. ¿Cómo se suponía que aquello podría salvarme contra un lobo de dos metros de altura, que podía desgarrar barras de hierro si quisiera con sus fauces?
Con fuerza, tomé la rama.
Entonces Mael comenzó a avanzar hacia mí. El viento sopló y su pelaje fue acariciado con la brisa, derribando los copos de nieve que habían aterrizado sobre él. Cuando estaba a unos tres o cuatro metros d