17.
Cuando estaba en el palacio, el abrigo me parecía que conservaba muy bien el calor, pero afuera, en la tormenta eterna, pude notar todo lo contrario. Era tan intenso aquel frío que mis dientes comenzaron a castañetear solo una hora después. A pesar de que el cuerpo del Alfa despedía bastante calor corporal, yo comenzaba a sentir que los dedos entumecidos ya no eran lo suficientemente fuertes como para aferrarme a su blanco pelaje.
Artemisa volteó a mirar hacia atrás.
— ¿Estás bien? — me pregun