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Odiaba esperar. Normalmente, siempre había tenido paciencia. Mi maestro —ese que nos enseñó a Ángel y a mí— nos había enseñado, de buena o mala forma, a tener muchísima paciencia. Ángel había sido más bendecido con aquel don místico, pero yo, aunque había sabido mantenerla durante toda mi vida, comenzaba a rebasar mi límite mientras estaba ahí sentado, esperando en mi habitación, observando el increíble jardín que se extendía por kilómetros a través de la ventana.
Lo que antes había sido la tor