Amancio corrió con desesperación hacia su hijo, como si el mundo se detuviera a su alrededor.
Las lágrimas ya nublaban su vista incluso antes de tocarlo.
Cuando finalmente lo abrazó, lo hizo con tanta fuerza que parecía querer fundirse con él, como si así pudiera borrar el tiempo perdido.
—¡Hijo! —exclamó, entre sollozos, apretando a Amadeo contra su pecho.
Amadeo sonrió con ternura, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de dolor y comprensión.
—¿De verdad pensaste que me rendiría, padre? ¿Qué d