Amadeo despertó sobresaltado, con el corazón latiéndole en los oídos. Un presentimiento oscuro lo hizo incorporarse como un resorte, apenas cubierto por las sábanas arrugadas.
Un segundo después, el olor lo golpeó: humo, cenizas... fuego.
—¡Mierda! —murmuró, y sin pensarlo dos veces, se vistió a toda prisa.
El calor comenzaba a invadir la cabaña, la madera crujía amenazante. Corrió hacia la habitación donde Abril dormía aún, ajena al caos que se desataba. La encontró enredada entre las sábanas,