Jessica irrumpió en la tienda como una tormenta. Sus tacones resonaron con furia sobre el mármol y sus ojos se clavaron en Abril con el filo de mil cuchillas.
—¿Qué haces aquí? —escupió con veneno, sin disimulo—. ¡Quítate ese vestido ahora mismo, porque no te queda! No eres una novia… ¡Eres una mujer abandonada! ¡Olvidada! ¡Una desgraciada con delirios de grandeza!
Abril se giró con calma, mirándola por encima del hombro, y una sonrisa burlona curvó sus labios.
—Ay, Jessica… ¿De verdad viniste h