Amadeo descendió lentamente hacia su cuello, y comenzó a besarla con una devoción exquisita, dejando tras cada caricia un rastro húmedo y ardiente.
Su lengua jugueteaba con su piel, succionando con delicadeza, como si su único propósito fuera adorarla. Abril se arqueó bajo él, sintiendo cómo su cuerpo perdía fuerzas, entregado por completo al deseo que la consumía. Su piel se erizaba, su corazón latía a un ritmo frenético, y el calor que la invadía era casi insoportable.
Los labios de Amadeo sig