En el hospital…
La luz blanca del techo le dolía en los ojos. El zumbido de las máquinas y el perfume estéril del alcohol la envolvían como una manta áspera.
Jessica parpadeó lentamente, aún desorientada… hasta que recordó.
Su mano fue directa al vientre.
—¡¿Mi bebé?! —gritó con un hilo de voz quebrado por el miedo.
Gregorio se inclinó sobre ella, con el rostro sombrío pero los ojos suaves.
—Está bien. Está a salvo.
Un sollozo salió de lo más profundo del pecho de Jessica. Lágrimas tibias rodaro