—Mañana estaré ahí —dijo Amadeo con firmeza, su voz cargada de una decisión que no admitía dudas.
Abril bajó la mirada. Sus dedos se entrelazaron nerviosamente frente a su pecho.
—Preferiría hacerlo sola —murmuró, como si le costara incluso decirlo.
Amadeo frunció el ceño y dio un paso hacia ella. El dolor que sintió al escuchar esas palabras no logró opacar el amor que lo empujaba a no soltarla.
—Basta, Abril —dijo con suavidad, pero también con firmeza—. Voy a estar ahí. Te amo. No lo olvides,