—¡¿Qué estás haciendo?! —espetó Gregorio, con la voz baja, pero cargada de veneno, como si le doliera hasta el alma.
Abril lo miró, serena. Y sonrió.
Una sonrisa tenue… peligrosa.
No dijo una sola palabra. Y ese silencio fue como una bofetada para él.
—¡Abril, eres una cazafortunas! —escupió Sarahi desde el otro extremo del salón.
Su rostro estaba rojo de furia.
Sus manos temblaban.
Y entonces, lo hizo.
Levantó la mano.
Como si Abril no fuera más que una amenaza, un estorbo que había que borrar