Al llegar al bar, Aníbal sintió que el aire estaba cargado de un ambiente extraño, casi sofocante.
Los murmullos, las risas y la música estridente parecían perder sentido cuando un mesero, nervioso, se le acercó.
—Señor… Rosalina está en la azotea —susurró, como si temiera pronunciar aquellas palabras.
El corazón de Aníbal dio un vuelco. Por un instante, se quedó inmóvil, con la sangre helada.
Una sensación de miedo le recorrió la espalda como un escalofrío helado. No esperó más.
Corrió hacia la