Al llegar a casa, el silencio de la mansión se volvió pesado.
Aníbal, con el rostro serio y la respiración entrecortada, llevaba a Mia entre sus brazos como si fuese un tesoro frágil que temía romper con el más mínimo movimiento.
Subió las escaleras sin detenerse y, al llegar a su habitación, empujó la puerta con suavidad.
La recostó en la cama, acomodando con cuidado su cabello despeinado sobre la almohada.
El corazón de Aníbal golpeaba con fuerza contra su pecho, como si estuviera dispuesto a