Esa misma noche, la ciudad parecía cubierta por un velo de luces y sombras.
El bullicio del bar se apagaba poco a poco, y el eco de las risas y conversaciones quedaba atrás como un recuerdo distante.
Amadeo Dubois, con la elegancia que siempre lo caracterizaba, se encontraba aún en la mesa principal, compartiendo una última copa con algunos de sus empleados.
Habían cerrado un trato importante, uno que prometía multiplicar sus ganancias y consolidar su influencia. Era, sin duda, motivo de celebr