—Señor Dubois, por favor… —la voz de Dora temblaba como si cada palabra fuese un hilo al borde de romperse—. Perdóneme, no me corra de la empresa. Yo… yo tengo una familia que mantener.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, el rímel corrido manchaba sus mejillas, pero no era más que un teatro cuidadosamente ensayado.
Extendió la mano para tocarlo, para buscar en él una pizca de compasión. Amadeo reaccionó con brusquedad, apartando su contacto como si quemara.
—¡Vístete! —ordenó con la voz rota de fu