—¡Mia! —exclamó Aníbal con la voz quebrada, como si en aquel grito se le escapara el alma.
Ella giró apenas el rostro, sus ojos empañados por las lágrimas, y sin decir palabra, se marchó.
Sus pasos resonaron en el suelo como un eco desgarrador que se alejaba, arrancándole un pedazo del corazón a cada instante.
Aníbal intentó ir tras ella, quería alcanzarla, detenerla, suplicarle que no se fuera otra vez. Pero entonces escuchó un quejido.
—Aníbal… ¿A dónde vas? —la voz de Rosalina lo frenó como u