Aníbal tomó la carta con manos temblorosas, y apenas la sostuvo entre sus dedos, sintió que el corazón se le encogía.
Era como si cada palabra estuviera impregnada de fuego y hielo a la vez: fuego por el amor que aún ardía en su interior, hielo por el vacío que había dejado la partida de Mia.
La abrió con rapidez, ansioso y temeroso al mismo tiempo, como si temiera que si tardaba demasiado, las palabras pudieran desaparecer.
Sus ojos recorrieron cada línea, y con cada frase su pecho se oprimía m