—¡¿Qué demonios le hiciste?! —bramó Abril con voz furiosa y quebrada, como una fiera herida, mientras sus ojos lanzaban dagas hacia Ernestina, quien la miraba con culpa y miedo.
Era como si toda la rabia del mundo se concentrara en esa sola pregunta, en esa acusación que resonaba en la habitación.
Mientras tanto, Dhalia apenas podía mantenerse en pie.
Su cuerpo temblaba, sus manos se aferraban con desesperación a su vientre, tratando de proteger lo que aún quedaba de su bebé.
Cada paso que daba