Amadeo conducía en silencio. Sus manos estaban firmes sobre el volante, pero sus nudillos blanqueaban por la fuerza que hacía.
Abril, a su lado, miraba por la ventanilla con el corazón en la garganta. El silencio entre ellos no era incómodo, era denso… lleno de emociones contenidas.
De pronto, Amadeo giró a la derecha y se detuvo frente a una clínica discreta, pero de prestigio.
El letrero dorado sobre la fachada anunciaba “Laboratorios Genéticos Privados Montalbán”.
—¿Dónde estamos? —preguntó A