Ernestina escaneó con la mirada los arbustos oscuros que rodeaban el jardín, el corazón aun latiéndole con fuerza.
Juraría que había escuchado un crujido, un paso, una presencia. Por un instante, la piel se le erizó como si alguien la estuviera observando.
—¿Qué fue eso? —preguntó con voz tensa, mirando a Luis.
—Debe haber sido un animal —respondió él con desdén, intentando disimular su nerviosismo—. Hay mapaches por esta zona.
—¿Un animal? —Ernestina frunció el ceño, sin convencerse del todo.
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