El ambiente en la sala era tenso, cargado de silencios pesados y miradas afiladas.
Abril se interpuso con firmeza, deteniendo a su esposo antes de que la ira lo consumiera. Amadeo respiraba con dificultad, los puños, los ojos inyectados de furia. Gregorio, en cambio, tenía el labio partido… pero reía como un demonio satisfecho.
—¿De verdad le creíste que ese bebé es tuyo? —espetó Gregorio con voz áspera—. Déjame decirte algo, ella siempre me ha amado a mí. Desde hace años. ¿No lo sabías? Ella mi