—¡No! —lloró con desesperación—. ¡Por favor, no lo mates! ¡No lo mates! Yo tampoco quería esto… ¡Fui obligada! Me drogaron, me usaron… yo no quise… ¡No lo quise!
Las palabras le temblaban en los labios, su voz era un eco de dolor.
Ricardo la miró en silencio, clavando sus ojos en los de ella. Algo en su rostro cambió. Se inclinó, tomó su barbilla con suavidad, con una duda que lo desgarraba por dentro.
La miró. Y supo que no mentía.
—¿Es cierto…? —susurró.
Ella asintió, mientras las lágrimas cor