—Ella siempre te odió —continuó Ricardo, con voz rota—. Te culpa por todo, por su infelicidad, por la atención de papá… por no ser como yo. Y yo… fui demasiado cobarde para detenerla.
Amadeo dio un paso atrás, como si esas revelaciones le hubieran arrancado el suelo bajo los pies.
La imagen de Rebeca, la mujer a quien llamaba madre, porque lo salvó ese día en el mar cuando casi morí, se formó en su mente: su sonrisa, sus abrazos, su mirada. ¿Acaso era un amor fingido? No era su hijo, pero ¿Por q