—¿Qué te pasa? —preguntó Amancio, con el ceño fruncido, sintiendo que algo denso, como una nube negra, se instalaba en la habitación.
Los ojos de Ricardo como brasas encendidas, llenos de ira y orgullo herido.
—Sé lo que hiciste —su voz era un látigo que cortaba el aire—. Sé que intentaste arruinar a Amadeo. Antes me negaba a creerlo… pero ahora sé que es verdad.
Amadeo dio un paso al frente, la voz cargada de furia.
—¡Él no fue! —gritó con toda la fuerza de su pecho.
Amancio se volvió hacia él,