—Yo… no he tenido nada que ver, Abril —la voz de Ricardo temblaba, tratando de defenderse, pero sonaba débil, como un niño atrapado en su propia mentira.
Los ojos de Abril se volvieron severos, tan fríos que parecían capaces de congelar el aire a su alrededor. Su mirada era un rayo directo al alma de aquel hombre que durante tanto tiempo había sembrado dudas y dolor.
Rebeca y Ernestina, que hasta ese momento habían estado conteniendo la respiración, finalmente se calmaron, aunque la tensión segu