Un video nítido, con imagen impecable y audio claro como el cristal, resonaba en el silencio tenso del despacho. Cada palabra que salía de los altavoces parecía retumbar en las paredes y clavarse en el pecho de quienes estaban presentes.
Los ojos de Amancio se abrieron desmesuradamente cuando reconoció el rostro en la pantalla: Benjamín. Allí estaba, en esa oficina, moviéndose con una seguridad arrogante que helaba la sangre.
En la grabación, Benjamín lanzaba un grueso fajo de billetes sobre el